Los onomaturgos, inventores de palabras

Inventore con nuvola parole

¿Quiénes son y qué hacen los onomaturgos?

Los onomaturgos son los inventores de los neologismos (de la unión de las palabras griegas néos, 'nuevo', y lógos, 'palabra, expresión'). Pero, ¿de dónde surge la necesidad de crear nuevas palabras?

Para responder a esta pregunta, tenemos que retroceder hasta los años sesenta, cuando los investigadores Edward Sapir y Benjamin Whorf revolucionaron al mundo de la lingüística al plantear la hipótesis de que nuestro lenguaje determina nuestra forma de ver el mundo. Por tanto, abrazando esta teoría, puede decirse que los seres humanos tienen la responsabilidad de inventar nuevas palabras para imaginar un mundo mejor.

Precisamente por eso hemos decidido hacer un repaso de algunos inventores de palabras que han dejado una huella indeleble en la sociedad. Obviamente, es imposible incluir a todos los inventores de neologismos en un artículo: por ello, intentaremos dar cabida a algunos de los más influyentes y originales.

Cuántas palabras hay en las lenguas más habladas

Según algunas fuentes, el inglés es el idioma con el mayor vocabulario, con 490.000 palabras de lenguaje cotidiano y 300.000 de lenguaje técnico. Sin embargo, las lenguas evolucionan constantemente, por lo que es muy difícil decir con exactitud cuántas palabras contienen.

Nunca se han contabilizado con precisión las palabras del idioma español, por lo que es difícil establecer una cifra exacta. El Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española (RAE) recoge más de 93.000 lemas en su edición en línea, mientras que el Nuevo diccionario histórico del español, aún en elaboración, prevé incluir cientos de miles de formas documentadas a lo largo de la historia del idioma.

Si consideramos las formas conjugadas de los verbos, los plurales, los femeninos y otras derivaciones, el número total de palabras posibles en español supera ampliamente el millón. Además, según datos del Instituto Cervantes, el español tiene una de las tasas más altas de neologismos en los medios y redes sociales entre las lenguas más habladas del mundo.

Ahora bien, ¿cuántas palabras del léxico común utilizan realmente los hispanohablantes? Según diversos estudios de sociolingüística, una persona con nivel educativo medio-alto reconoce entre 20.000 y 30.000 palabras, pero usa activamente con regularidad entre 5.000 y 7.000. En cambio, el vocabulario básico del español —el conjunto de palabras necesarias para comprender el 85-90 % de los textos habituales— se estima en unas 3.000 palabras.

Por último, cabe destacar la diferencia entre los neologismos léxicos, es decir, las palabras nuevas formadas como unidades léxicas únicas (por ejemplo, mileurista), y los neologismos sintácticos, compuestos por varias palabras que acaban cristalizándose en expresiones fijas (como violencia de género). En este artículo nos centraremos principalmente en los neologismos léxicos.

Miguel de Cervantes y el «baciyelmo»

Si hay un padre fundacional de la creatividad léxica en español, ese es Cervantes. El Quijote está sembrado de juegos verbales, y uno de ellos acabó convertido en un neologismo que todavía hoy se cita: el baciyelmo.

La escena es conocida. Don Quijote está convencido de que el objeto que lleva en la cabeza es el yelmo mágico de Mambrino; el resto del mundo ve, sin lugar a dudas, una vulgar bacía de barbero. En medio de la disputa, Sancho zanja la cuestión inventando una palabra que reúne las dos cosas: bacía + yelmo = baciyelmo (Primera parte, 1605). Es, en términos del artículo anterior, una palabra macedonia: un cruce de dos términos que no excluye ninguna de las dos perspectivas.

El hallazgo es tan redondo que la propia RAE lo recoge en su Tesoro de los diccionarios históricos como creación humorística de Cervantes, y la palabra ha pasado a usarse, fuera del Quijote, para nombrar cualquier fórmula híbrida que intenta conciliar dos posturas enfrentadas. No está mal para un invento de hace más de cuatro siglos.

Julio Cortázar y el glíglico

Uno de los ejemplos más celebrados de invención de lenguaje en la literatura en español es el del argentino Julio Cortázar. En su novela Rayuela (1963), Cortázar introduce el glíglico, un idioma ficticio que los protagonistas utilizan en sus momentos más íntimos.

El capítulo 68 de la obra está escrito íntegramente en este lenguaje inventado, compuesto de palabras imaginarias que apelan al sentido emocional y erótico más que al racional:

«Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso…»

Lo curioso es que, sin entender literalmente una sola de esas palabras, el lector capta perfectamente lo que está ocurriendo. Esa es justamente la apuesta de Cortázar: que el sonido y el ritmo digan lo que el diccionario no alcanza a decir.

La vanguardia: César Vallejo y Oliverio Girondo

Cortázar no fue el único. En lengua española, la pulsión de inventar palabras encontró su laboratorio más radical en la vanguardia.

El peruano César Vallejo publicó en 1922 Trilce, un libro cuyo título es ya un neologismo, y de los más comentados: nadie se pone de acuerdo sobre su origen. Se ha propuesto que viene de triste + dulce, de trino dulce o incluso —según una de las bromas con que el propio Vallejo despistaba a los curiosos— de que «vale tres soles». Su viuda, Georgette, sostenía en cambio que no significaba nada y que el poeta lo eligió sólo por cómo sonaba. Sea como sea, con Trilce el lenguaje poético en español dejó de ser el mismo.

Tres décadas más tarde, el argentino Oliverio Girondo llevó el experimento al límite en En la masmédula (1954), un «antilenguaje» construido a base de prefijos y palabras fundidas —enlucielabisma es una sola de ellas— que la crítica suele comparar con el Finnegans Wake de James Joyce. Ahí la palabra deja de describir el mundo para empezar a inventarlo.

William Shakespeare

La inmortalidad de William Shakespeare no se debe sólo a sus obras, sino también a las cerca de 2000 palabras y expresiones que se le atribuyen, muchas de las cuales seguimos usando hoy y figuran en el Oxford English Dictionary. Conviene matizar una cosa: más que «inventarlas» de la nada, en muchos casos su teatro es simplemente el primer texto donde quedan documentadas. Una de las más universales es manager, que aparece registrada por primera vez en su obra y que hoy se emplea en medio mundo.

Una de las técnicas que más usó para crear palabras nuevas fue añadir un sufijo a un término ya existente. Así surgen el adjetivo gloomy ('sombrío'), a partir del verbo to gloom, o bloody ('sangriento'), a partir de blood ('sangre').

¿Y quién no ha usado alguna vez what's done is done ('lo hecho, hecho está')? Apareció por primera vez en Macbeth. O all's well that ends well ('bien está lo que bien acaba'), que da título a una de sus comedias, escrita entre 1604 y 1605. La creatividad de Shakespeare traspasó fronteras y sigue moldeando la manera de hablar (y de ver el mundo) muy lejos de Inglaterra.

James Joyce

El autor del Ulises es célebre por su flujo de conciencia, pero fue también un prolífico inventor de neologismos. Necesitaba expresar sensaciones y conceptos para los que la lengua no tenía palabras, así que les dio forma con voces polisémicas y neologismos de todo tipo.

En el Ulises, por ejemplo, sunnywinking leaves nombra las hojas que se mueven al viento como si fueran párpados; mrkgnao es la onomatopeya del maullido de un gato, y tattarrattat, la del golpe en una puerta —de paso, uno de los palíndromos más largos de la literatura inglesa.

Su invención más famosa, sin embargo, llegó en Finnegans Wake (1939), con la palabra quark, en el verso «Three quarks for Muster Mark». Décadas después, en 1964, el físico Murray Gell-Mann la tomó prestada para bautizar las partículas subatómicas; le vino bien, entre otras razones, porque aparecían de tres en tres, igual que en el verso de Joyce. (El propio Joyce pensaba más bien en el graznido de un ave o en una palabra alemana para cierto queso fresco; la precisión física vino después.) Un lenguaje onírico, en suma, funcional a las necesidades del autor… y, sin quererlo, de la física de partículas.

Conclusiones

Como hemos visto, la necesidad de crear palabras nuevas puede nacer de la urgencia de describir realidades o conceptos inéditos, puede ser un ejercicio de estilo, o puede responder a las ganas de rebelarse contra la lengua normalizada y todo lo que representa. Sea cual sea nuestro punto de vista sobre los onomaturgos y la creación de nuevos términos, hay algo seguro: la lengua la hacen sus hablantes, porque es algo vivo y difícilmente controlable.

En Qabiria no inventamos palabras (todavía no), pero si necesitas una mano para hacer más creativos tus textos, contáctanos sin compromiso.

Cuenta con un máster en tecnologías de la traducción y se dedica a la subtitulación y realización de vídeos. Colabora con Qabiria desde 2015.

Leer también

Habla con nosotros

Cuéntano qué necesitas enviando un correo electrónico a hola@qabiria.com o programa una llamada gratuita y sin compromiso. Tendrás una respuesta garantizada en 24 horas, pero habitualmente mucho antes.

Programa una llamada