Cómo nacen las palabras

¿Qué es un neologismo?

Donna che pensa con matita

La palabra neologismo se construye a partir del adjetivo griego néos («nuevo») y el sustantivo lógos («palabra, expresión»). Se trata de palabras nuevas que, como una especie de terremoto, sacuden de repente el mundo de los diccionarios, haciendo que los lingüistas más puristas frunzan el ceño.

La forma francesa néologisme se documenta por primera vez en 1734, dentro de L'Encyclopédie, y se define de la siguiente manera:

«la predilección de algunas personas por el uso de expresiones nuevas y diferentes de las permitidas por el uso. [...] El neologismo consiste no sólo en la introducción de palabras nuevas e inútiles en la lengua, sino también en la atrevida yuxtaposición de términos y la extrañeza de las imágenes evocadas por el neologismo».

Por qué nacen los neologismos

Aparentemente, por tanto, los neologismos no se veían (ni se ven) con buenos ojos, apareciendo como una especie de transgresión, una actividad insignificante.

Sin embargo, en un momento dado, la palabra neologismo fue en sí misma un neologismo, y la razón es obvia: el ser humano necesita nuevas palabras para describir nuevas realidades. El neologismo abre la puerta del lenguaje (y de la sociedad) al mundo que viene. En primer lugar, por tanto, el neologismo responde a la necesidad de describir fenómenos y cambios sociales y culturales, de dar nombre a una nueva tecnología o concepto.

Pierre Larousse consideraba su diccionario como un daguerrotipo capaz de inmortalizar la lengua y el rumbo que tomaba la sociedad. Además de su capacidad descriptiva, los neologismos son una instantánea de la vitalidad de una lengua y sus hablantes.

Cada año esperamos la publicación de nuevas ediciones de los vocabularios más autorizados, precisamente para entender hacia dónde van nuestra lengua y nuestra sociedad.

Por citar sólo un ejemplo, la actualización de 2024 del Diccionario de la lengua española (DLE) incorporó más de 4.000 novedades —entre nuevas palabras, acepciones y enmiendas—, con voces como dana, espóiler, teletrabajar o barista, lo que demuestra lo dinámicas y creativas que son las lenguas.

Cómo nacen las palabras

Generalmente hablamos de extranjerismos (o préstamos) en el caso de las palabras procedentes de lenguas extranjeras, y de neologismos para las derivadas de otros términos ya presentes en una lengua determinada. Sin embargo, muy a menudo los préstamos se incluyen entre los neologismos.

Los neologismos se denominan «léxicos» cuando suponen la inclusión de una auténtica palabra nueva en el vocabulario. Entre estos neologismos, los «de forma» son aquellos cuyo proceso creativo combina elementos de la lengua según las reglas típicas de la formación de palabras (afijación, composición). Por otro lado, los neologismos «semánticos» consisten en la atribución de un nuevo significado a un término ya en uso (como en el caso de navegar por Internet o el símbolo de la arroba \@, que antes designaba una antigua unidad de peso y hoy nombra el signo de las direcciones de correo electrónico). Se dice que los modismos son neologismos de duración transitoria.

Los neologismos se crean a veces por fusión de palabras ya existentes (neologismo sincrético) o añadiendo nuevos sufijos y prefijos (la palabra tuitear, por ejemplo, se creó a partir de tuit + el sufijo -ear).

Otra posibilidad de crear neologismos es el llamado choque de palabras. Bajo este término se incluyen los acrónimos, que consisten en cortar y fusionar palabras: un ejemplo es ofimática, de oficina e informática, y las palabras macedonia, que derivan de varias unidades: foto + periodismo = fotoperiodismo.

Los neologismos pueden surgir al traducir una palabra de una lengua extranjera. Por ejemplo, la palabra emoticón es una traducción de la palabra inglesa emoticon, hace referencia a los emoticonos que se mandan a través de las aplicaciones de mensajería instantánea.

También se puede crear una palabra nueva adaptando una palabra extranjera. Por ejemplo, la palabra adultescente (persona adulta que se comporta de forma juvenil) es una adaptación del inglés adultescent, derivado de adult y adolescent.

La llamada vulgarización de una marca corporativa también es un fenómeno capaz de generar neologismos. Cuando alguien pide un clínex, no se refiere necesariamente a un pañuelo de papel de la marca Kleenex, porque ahora la palabra indica genéricamente cualquier pañuelo desechable. En lingüística, estas palabras se denominan «epónimos», es decir, nombres genéricos derivados del nombre de una persona. Por ejemplo, Disneyland o la tarta Sacher son epónimos, ya que derivan de los nombres de dos personas: Walt Disney y Franz Sacher, respectivamente.

Los neologismos son muy comunes en los ámbitos [técnico y tecnológico](/traduccion/traduccion-tecnica). En particular, con frecuencia se acuñan nuevos términos para denominar los inventos asociados a la revolución informática que vivimos desde hace más de treinta años. Solo hay que pensar en la irrupción en nuestro lenguaje de palabras como blog, e-mail, crack, chat, hacker, spam, bug, parche, log, avatar, plug-in, pop-up, tag, ban, link, y demás.

Además del sector tecnológico, también en marketing asistimos a la invención constante de palabras, más concretamente a través del fenómeno del naming, la actividad de elegir el nombre más adecuado para una marca, un producto/servicio tras un cuidadoso análisis de los mismos, sus características, el mercado de destino y el público objetivo. El naming contribuye así a definir la identidad y el posicionamiento.

  • IKEA, por ejemplo, es un acrónimo que combina las iniciales de su fundador, Ingvard Kamprad, con las de los lugares de su infancia: la granja (Elmtaryd) y el nombre del pueblo (Agunnaryd) donde creció.

  • Kodak no tiene significado, y su fundador, Eastman, dijo que eligió el nombre porque era corto, fácil de pronunciar y no tenía sentido. Sin embargo, es interesante observar lo onomatopéyico del nombre: de hecho, recuerda al sonido que se reproduce al hacer una fotografía.

  • Otro ejemplo de éxito es el de Sony. La histórica empresa tecnológica se inspiró en dos palabras: sonus, sonido en latín, y también en sonny, que en inglés cerrado significa joven brillante, precisamente para subrayar la frescura y el carácter innovador de la marca.

Nota: un capítulo aparte merecen los autores, escritores y periodistas que acuñan nuevas palabras y expresiones gracias a su creatividad y talento. Le dedicamos un artículo: «Los onomaturgos, inventores de palabras».

El caso «almóndiga»

Cada cierto tiempo, una misma noticia recorre las redes sociales y los periódicos: la Real Academia Española (RAE) «acepta» palabras como almóndiga, asín, toballa, murciégalo o vagamundo. La reacción es siempre la misma: indignación de quienes ven en ello una rendición de la lengua, burlas, hilos encendidos y titulares alarmados que dan por hecho que ahora ya «se puede» escribir almóndiga sin temor a equivocarse.

El problema es que la noticia es, en su mayor parte, un bulo. Y, como buen bulo, mezcla un dato cierto con una falsedad.

El dato cierto es que esas palabras figuran, efectivamente, en el diccionario. Pero no porque las hayan metido hace poco: almóndiga ya aparecía en la primera edición del diccionario, de 1726, como variante vulgar de albóndiga; murciégalo entró en 1734 (e incluso llegó a preferirse frente a murciélago, por estar más cerca de su origen latino); y asín está documentada desde 1770. Toballa y vagamundo vienen también del siglo XVIII. Llevan, por tanto, siglos ahí. La falsedad es la idea de que estar en el diccionario equivale a una bendición, a una recomendación de uso. No lo es.

Quien se molesta en mirar la entrada comprueba que estas voces aparecen marcadas como vulgares, desusadas o propias del habla popular, con advertencias del tipo «no debe usarse» en el registro culto.

El diccionario no legisla cómo hay que hablar: registra el uso, incluido el uso que la propia Academia desaconseja. El revuelo se repite con tanta frecuencia que la RAE acabó publicando una aclaración titulada «¿Ha aceptado la RAE “almóndiga”?». La respuesta cabe en la primera línea: no. Aquí está la lección de fondo, y vale igual para los vulgarismos antiguos que para los neologismos recién nacidos. Para que una palabra entre en el diccionario, el criterio que de verdad pesa es uno: que tenga un uso documentado y sostenido entre los hablantes, en uno o varios territorios del mundo hispano. Que figure registrada no dice nada sobre si la Academia la recomienda; dice solo que existe y se emplea.

El episodio «almóndiga» deja, en realidad, dos enseñanzas:

  • las novedades léxicas —y hasta la mera presencia de ciertas palabras en el diccionario— desencadenan siempre la batalla entre puristas y partidarios, como toda novedad

  • los bulos están siempre al acecho. Este, en concreto, resucita cada pocos años reescrito como si fuera nuevo, precisamente porque combina algo verdadero (la palabra está en el diccionario) con algo falso (que acaban de aprobarla y que se recomienda usarla). Mientras tanto, los neologismos de verdad —dana, espóiler, teletrabajar— van entrando sin escándalo, por la única puerta que existe: la del uso.

Conclusiones

En conclusión, si las palabras son la unidad fundamental de una lengua, los neologismos pueden considerarse los ladrillos con los que los hablantes intentan describir nuevas realidades y conceptos, sin suplantar las palabras existentes, sino llenando un vacío semántico, o simplemente para dar forma a su propia creatividad.

Los neologismos también suelen desencadenar acalorados debates sobre su corrección gramatical o la necesidad de su existencia porque, como todas las novedades, tienden a dividir a las comunidades que los crean.

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